La tentación del Anillo Único a partir de los deseos mundanos según Santo Tomás de Aquino
En el segundo capítulo de La comunidad del anillo de J.R.R. Tolkien, La sombra del pasado, Gandalf le revela a Frodo la historia y la verdadera naturaleza del Anillo Único. Azotado por el miedo, Frodo se lo ofrece a Gandalf, produciendo una escena extremadamente interesante: la tentación de Gandalf por el anillo. En la segunda cuestión de la Prima Secundae de la Summa Theologiae, Santo Tomás de Aquino habla acerca de cuatro principales deseos mundanos mediante los cuales el ser humano es tentado: el honor, el poder, el placer y la riqueza. Estos deseos nos distraen de la verdadera felicidad del hombre, encontrada únicamente en Dios. Este artículo analiza la presentación del Anillo Único y la momentánea tentación de Gandalf, comparándola con el estudio de Tomás de Aquino y la manera en que el ser humano es alejado de su fin último.

III Congreso Internacional Fe, Arte y Mito
19 al 21 de julio de 2024
Ponencia
Existe en la actualidad un debate sobre si el Anillo Único, creado con la esencia de Sauron, posee algún grado de conciencia. Aunque ambas posturas podrían argumentarse con citas del mismo Tolkien, hay algo que permanece indubitable: el anillo es capaz de influir a aquellos a su alrededor. Santo Tomás de Aquino da inicio a la Prima Secundae con una pregunta fundamental de la existencia humana: ¿cuál es el fin del hombre? Para ello, examina distintos bienes deseados por la gente para determinar si cumplen con los requisitos, generando una lista que, curiosamente, se asemeja a los modos que utiliza el anillo para afectar a quienes entran en contacto con él. Este texto estudia cada deseo mundano: honor, poder, riqueza y placer, y su manipulación por el anillo, utilizando el diálogo entre Gandalf y Frodo en La sombra del pasado como marco de referencia.
El honor consiste en un signo o testimonio dado a otra persona con motivo de su excelencia y virtud, algo expresado entre los hombres por el hecho de no tener nada mejor que dar. Es el más grande entre los bienes externos[1], por lo que se puede llegar a pensar que es el fin del hombre. Rara vez se observa que el anillo tiente mediante el honor directamente, pero casi todas las tentaciones vienen acompañadas de él. Faramir desea el anillo para recibir la gloria de su padre, reservada para su hermano mayor[2]; Sam Gamyi, mientras rescata a Frodo de los orcos de Cirith Ungol, se observa a sí mismo como “Samsagaz el Fuerte, el Héroe de la Era”[3]; Galadriel declara que con el anillo todos la “amarán y desesperarán”[4]. Así, aunque el honor suele ser un motivo secundario de tentación, también ejerce fuerza sobre quienes lo sufren.
Se tiene, además, una promesa de trascendencia en el honor, pues inmortaliza a quien lo posee y mantiene su recuerdo vivo siglos después de morir. Lo mismo sucede con el anillo, pues “[todo] mortal que conserve los Grandes Anillos no muere”[5], se mantiene físicamente intacto y saludable como Bilbo en los sesenta años entre su duelo con Gollum y su fiesta de cumpleaños. No obstante, se trata de una inmortalidad falsa, pues quien lo posee “no crece ni adquiere más vida”[6]. El honor prometido por el anillo es uno desproporcionado, que no es referido a Dios sino a uno mismo[7].
Incluso cuando el honor puede acompañar al fin del hombre, éste no consiste propiamente en el honor, pues al igual que la fama, es frecuentemente engañoso[8]. El honor está en quien honra, no en quien es honrado, por lo que sólo tiene peso al ser atribuido por virtud. Debe ser una consecuencia de la excelencia de quien lo recibe, por lo que quienes lo buscan como fin se convierten en ambiciosos[9]. Bilbo, defendiendo su derecho al anillo, es el ambicioso defendiendo su honor[10], pero el honor inmerecido lleva a la vergüenza. Con tal de no perderlo, el honrado teje una mentira a su alrededor, hasta que se miente a sí mismo, “un ser […] invisible que se [pasea] por el crepúsculo”[11].
Desde el nombre mismo de los anillos, se observa que su medio preferido de manipulación es el poder, tanto así que casi todas las otras tentaciones vienen como consecuencia de este. Cada parte del anillo alude al poder: el oro que lo forjó, un material históricamente vinculado con los poderosos; la forma del Maiar, un ser divino de inmenso poder, que le dio su esencia; el mismo Maia Mairon (Sauron) que lo forjó en los fuegos del Orodruin con deseos de gobernar. Es imposible olvidar, al hablar del poder, la profecía misma inscrita en el anillo: ash nazg durbatulûk: un anillo para gobernarlos a todos[12]. Cada una de las cuatro causas del anillo tiene en su centro la dominación, y su historia explicita cómo los anhelos profundos del corazón humano se enfrentan a su realidad, que lo tienta ante la posibilidad de saciar sus deseos.
El poder es un atractivo indiscutible en la naturaleza humana, vinculado directamente con el pecado original. “Ustedes serán como dioses”[13], dice la serpiente, tentando la soberbia del hombre y llevándolo a su caída. Es la manera más fácil de lograr que quien lo posee se convierta en su esclavo. Muchos han analizado las semejanzas entre el Anillo Único y el Anillo de Giges en la República de Platón, donde el pastor Giges descubre un anillo que lo vuelve invisible y lo utiliza para seducir a la reina y usurpar el poder[14]. Incluso cuando el anillo de Platón no posee ningún poder mágico de corrupción, Glaucón afirma que la virtud previa del portador resultaría indiferente en sus actos con el anillo[15].
En este contexto, Sméagol es un análogo casi perfecto de Giges, pues, como dice Gandalf, “[empleó] el anillo para descubrir secretos […] torcidos y maliciosos”[16]. La tentación es mucho mayor para otros personajes, pues como bien hace notar Hillman, ésta incrementa a la par de la estatura de quien es tentado[17]. Así, el anillo promete a quien lo posee la capacidad de lograr aquello que más desea. Boromir desea usarlo para perseguir a la huestes de Mordor[18], Galadriel para expulsar a Sauron y gobernar en su lugar[19] y Gandalf para buscar el bien de los demás, en especial de quienes no pueden defenderse por su cuenta[20].
Hay una diferencia crucial entre Giges y Sméagol, que consiste en la interpretación de poder referente a cada uno. Tanto para Giges como para Boromir, Galadriel y Gandalf, el poder conferido por el anillo busca pasar de verbo a sustantivo, de una capacidad a una actualidad[21]. Para Sméagol, sin embargo, el poder se mantiene como razón de principio[22]. Es decir, mientras que con los demás el poder se termina convirtiendo en un dominio sobre el otro, con Sméagol se mantiene en una capacidad de hacer aquello que normalmente le sería imposible. La invisibilidad dada por el anillo le permite hacer cosas, eliminando la presión del deber[23], y su sentido de justicia[24]. Sméagol maldice al mundo, y su ambición por conocer todos los secretos lo lleva a él mismo a convertirse en uno.
Gandalf reconoce este riesgo. Guiado por el poder, se convertiría en algo “semejante al Señor Oscuro”[25]. Aunque su poder sería más grande, el del anillo sería “todavía mayor y más mortal”[26]. De haberlo obtenido, se habría vuelto incluso más poderoso que Sauron, destruyéndolo. No obstante, el anillo aún así se habría convertido en el maestro[27]. Es la piedad de Gandalf, enfatizada con fuerza en el Silmarillion[28], la que le permite reconocer que sus buenas intenciones no le servirían de nada contra el poder del anillo[29].
Santo Tomás deja claro que el poder no puede ser el fin del hombre, pues además de no ubicarse como fin, sino como razón de principio, se puede utilizar indistintamente para el bien y para el mal[30]. Eso vuelve a un Gandalf dominado por la tentación mucho más peligroso que Sauron, pues Gandalf habría hecho detestable al bien, indistinguible del mal[31], mientras que Sauron mostraba claramente la diferencia entre uno y otro.
Pero, ¿qué sucede cuando el anillo se enfrenta a la humildad? ¿Cómo se puede derrotar a aquellos que encuentran el poder como algo superfluo? Desde la descripción de los hobbits en el prólogo, Tolkien nos introduce a una raza con características fundamentales para lo que conoceremos como la historia y destrucción del Anillo Único. Ellos cuentan con lo necesario como traje a la medida: aman la paz y la quietud, su hábitat natural es el campo, adoran con fervor todo tipo de comida, y muestran torpeza para todo lo que no sea desaparecer rápidamente y en silencio.
Sus bocas, en lugar de discutir, están destinadas a comer (seis veces al día), tomar, reír y fumar su propia nicotiana. Caminan con los pies descalzos, viven en agujeros en el suelo que han pulido para que parezcan mansiones. Sus casas, grandes, espaciosas, sin pretensiones pero muy cómodas, suelen ser habitadas por grandes familias. Cuidan sus relaciones cercanas, familiares o de amistad, con un esmero que pareciera exagerado.
En esta descripción yace el fundamento que llevó a Elrond a decir “ésta es la hora de quienes viven en la Comarca”[32], pues de todos los pueblos libres de la Tierra Media, los hobbits eran los menos interesados en las promesas del anillo, buscando simplemente un lugar donde pudieran descansar, felices de saber que al día siguiente volverían a gozar de una rica cerveza bajo la luna. Sam Gamyi encontró consuelo ante la gloria ofrecida al percatarse de que “el pequeño jardín de un jardinero libre era lo único que respondía a [sus] necesidades”[33].
En los hobbits Tolkien representa la amistad y la fidelidad (Sam), el coraje y la lucha (Frodo), la sencillez y la cordialidad (Merry y Pippin), la búsqueda de paz (Bilbo). Viven el valor central de la familia, la fiesta entendida como lugar de encuentro y convivencia (no los clubes nocturnos de hoy), hogares bonitos sin lujos, la comida y el trabajo en su justa medida.
Nos encontramos con una raza que vive con alegría y sin miedo un requerimiento para la humildad y la generosidad: la austeridad, es decir, la virtud que permite establecer la relación más adecuada con los objetos, personas y lugares, sabiendo disfrutar lo que se tiene, admitiendo la carencia o conservando la compostura ante la posibilidad del exceso. La austeridad permite a la persona vivir sin ataduras innecesarias, liberando al alma frente a lo material. No implica romantizar la carencia o dejar de esforzarse para vivir en la pobreza, sino que es posicionarse como dueño de sí mismo ante la tendencia natural de querer más, siempre.
Ante este reto, el anillo encontró otro modo de atacar: convertirse en el Tesoro. Al adquirir el carácter de una riqueza artificial, provocó en los pobres hobbits un deseo sin límite, insaciable incluso al ser poseído[34]. No importa si la víctima es un pescador, o el más importante de los hobbits de Hobbiton; el anillo logra situarse como su más importante posesión, llegando al punto en que su portador es capaz de vivir en la miseria, mientras lo conserve en sus manos.
Santo Tomás nos dice que sólo los necios, absortos en los bienes corporales, obedecen el dinero como fin[35]. Las riquezas, aunque no son malas en sí mismas, dificultan que las personas alcancen la caridad, pues embeben y distraen el alma[36]. El mismo Gandalf describe cómo los ojos de Sméagol habían abandonado las montañas y los árboles, incluso antes de encontrar el anillo. Sus ojos estaban absortos en la tierra, en lo corporal; habían olvidado lo verdaderamente importante[37]. En parte por eso sucumbió tan rápido ante la fuerza del anillo, engañándose a sí mismo con un falso derecho de posesión. El Tesoro se convirtió en su objeto más preciado, volviéndolo un esclavo de su concupiscencia desordenada[38].
La avaricia, una distorsión del anhelo divino de confianza, no depende de la abundancia de los bienes, sino del papel que ocupan en nuestra vida. El miedo es consecuencia directa del pecado original, desorienta nuestra seguridad en que contaremos con lo justo y necesario para hacer frente al futuro con toda su incertidumbre y dificultad. Nunca podremos tener suficiente si nos falta la paz de saber que contamos con los medios para afrontar las vicisitudes de nuestra vida.
Un antídoto a la desconfianza es la caridad, pues permite que nuestro corazón emplee los deseos mundanos para un fin trascendente. No es trivial el ejercicio de la caridad, pues para Santo Tomás, “es la forma, el fundamento, la raíz y la madre de todas las demás virtudes”[39]. Podemos ver en múltiples episodios cómo es encarnada (hasta de manera heroica) por los distintos hobbits que aparecen en la historia, poniendo a otro como beneficiario de una acción, en lugar de ellos mismos.
No obstante, sesenta años como portador llevaron a Bilbo a actuar como Sméagol cuando creyó que Gandalf quería quitarle el anillo[40], aunque es imposible no ver cómo difirió su pausada tentación de la fugaz caída de Sméagol. Como hace notar Hillman, la diferencia fundamental entre ambos radica en su primer acto tras encontrarse con el anillo. Mientras que Sméagol, movido por la necesidad de obtenerlo, asesinó a Déagol, Bilbo, apiadándose de la miserable existencia de Gollum, le perdonó la vida[41]. Gandalf también se percató de esto, ocultándole a Frodo la verdadera identidad de Sméagol con tal de generar en él la misma misericordia que salvó a Bilbo[42].
El corazón humano no puede ser saciado plenamente ante lo material, necesita aspirar y atender a su dimensión espiritual, sobrenatural, pero asumiendo plenamente que está ligado a su esfera material que también le es constitutiva y necesaria. No se trata de ver lo material como peyorativo (o como una carga platónica despreciable), sino una realidad que nos es propia, que puede ser fuente de plenitud espiritual o puede llevar a su perdición.
Los deseos mundanos se provocan por un desordenado encuentro con el mundo, pero en la mayoría de los casos se presentan como bienes que llaman nuestra atención. La tentación que puede hacer el Anillo Único juega con nuestro deseo natural (y bueno) de confianza, de paz, de justicia, de dignidad, de abundancia, de bienestar, de comunión, de amor[43]. Hay diversas maneras de plantearse frente al deseo: el desenfreno, la complacencia, el rechazo drástico; nos lleva a caer ante él a la menor provocación, como un riesgo, el disfrute sin cuestionamiento o la precaución (adecuada o asfixiante), precipitación o premeditación, como hedonista, estoico, escéptico, cínico, virtuoso o místico.
Una propuesta para una adecuada relación ante lo material, que va corrompiendo a los personajes que han poseído el anillo es el desprendimiento. No es un simple desinterés, sino la capacidad para poder continuar sin dependencias con los bienes materiales que han de ser medios y no fines para nuestra vida. Habrá que buscar los bienes, pero teniendo en cuenta el correcto lugar que ocupan y que suelen no ser capaces de una posesión total o permanente. Soltar sin sufrir más de la cuenta, pudiendo reponerse de aquello que soltamos es una virtud que carecen aquellos que se obsesionan con el anillo.
La obsesión que genera el anillo viene acompañada de un placer amargo, algo que podría compararse con la desesperación de querer abandonar una red social, sin ser capaz de apagar la pantalla. El portador termina amando y odiando al anillo, pero su propia actitud hacia él lo lleva a amarse y odiarse a sí mismo[44]. En el Concilio de Elrond, Bilbo es atormentado brevemente por la posibilidad de volver a convertirse en portador[45]; en sus momentos de lucidez y libertad frente al anillo, el mismo Frodo se lamenta una y otra vez por haber aceptado la carga. El placer del anillo es terrible, pues posiciona su valor por encima de todo lo demás, una riqueza que se busca como fin y no como medio, sólo para traicionar a quien cae en la trampa[46].
Después de todo, las riquezas artificiales sólo alcanzan su plenitud cuando permiten el acceso a las riquezas naturales, que en sí se buscan para sustentar la naturaleza del hombre[47]. A pesar de que el anillo se hace pasar casi a la perfección por el bien supremo, de quien se tiene más hambre cuando ya se le ha comido[48], termina siendo simple agua que no termina de saciar[49] y que se aferra a quien la bebe como un parásito, succionándole la vida. Al final, de una manera u otra el anillo termina dominándolos a todos, sobre todo al portador.
Deja de sorprender la contundencia de Gandalf al decir que “si el Poder Oscuro se apoderase de la Comarca, sería un doloroso golpe para el mundo”[50], pues representaría la caída de aquellos mejor dispuestos a combatir la tentación del anillo. La dulce y caricaturesca inocencia de los hobbits los convierte en el enemigo ideal de un arma creada para utilizar los deseos de honor, poder, riqueza y placer para dominar al mundo entero. Es más, a pesar de ser igualmente vulnerables ante el inmenso poder del anillo, es importante recordar las palabras de Gandalf, pues “Bilbo fue capaz de ir más allá de la idea y [abandonar al anillo]”[51].
Aquí se muestra el motivo que llevó al Concilio a escoger a una comunidad, en lugar de sólo a un portador. Bilbo sólo rechazó el anillo porque Gandalf estuvo ahí para ayudarlo, tal y como Frodo logró resistir tanto tiempo por la amistad de Sam. El anillo se puede vencer, siempre y cuando quienes luchen contra él se encuentren acompañados por aliados de buen corazón[52]. Esto tiene tanta fuerza que el mismo Gandalf mantiene la esperanza de que Gollum, al igual que Bilbo, se pueda curar de los efectos del anillo, aunque nunca llega a tener la oportunidad de intentarlo[53].
Podríamos entonces proponer una respuesta a la pregunta: ¿Por qué el Anillo Único aunque ofrece saciar u obtener los deseos mundanos no puede satisfacer el corazón plenamente? Santo Tomás de Aquino concluye que ninguno de los deseos mundanos puede ser el fin del hombre por cuatro motivos: son compatibles con el mal, no son suficientes por sí mismos, pueden causar el mal a otros y el hombre no se ordena a ellos por principios internos[54]. Pongo especial atención al segundo motivo, pues el anillo, por más grande que sea su poder e imponentes sus promesas, siempre dejará a su portador con un vacío interno, hasta que “cada minuto sea un agobio”[55].
Al convertir a su portador en alguien grande, majestuoso, imponente, también lo desvanece, hasta que lo termina destruyendo por completo. Como de costumbre, la realidad del Anillo Único termina revelando el pensamiento profundamente cristiano de Tolkien, pues lo único que es capaz de llevar al hombre a su bienaventuranza es Dios. Todo lo demás, por más grande que parezca, terminará abandonando al hombre en un frío vacío.
A manera de conclusión, el Anillo Único fue creado con el único propósito de dominar al mundo entero. Para ello, es capaz de manipular a todos a su alrededor, utilizando los deseos mundanos que más azotan a la humanidad y distrayéndolos de su verdadero fin. Dos de ellos: el honor y el poder, son capaces de derrotar a casi todos los habitantes de la Tierra Media, ofreciéndoles aquello que más desean y la capacidad para conseguirlo. Sin embargo, aquellos que ven el poder como irrelevante son atacados mediante la obsesión, una riqueza aparente que trae consigo un placer vacío. Esta tentación no ofrece la misma fuerza que las otras, dependiendo a gran escala de la reacción de los tentados, lo que convierte a los hobbits en los únicos con una verdadera posibilidad de vencerlo.
Bibliografía
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Tomás de Aquino. (1960). Summa Theologiae. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.
Notas
Tomás de Aquino. Summa Theologiae. I-II, 2, 2c. En adelante: Tomás de Aquino, ST.
↑ RegresarTolkien, J.R.R. (2012). Las dos torres. (M. Horne y L. Domenèch, Trad.). Editorial Booket; minotauro. (Trabajo original publicado en 1954), p. 389. En adelante: Tolkien, Las dos torres.
↑ RegresarTolkien, J.R.R. (2012). El retorno del rey. (M. Horne y L. Domenèch, Trad.). Editorial Booket; minotauro. (Trabajo original publicado en 1955), p. 235. En adelante: Tolkien, El retorno del rey.
↑ RegresarTolkien, J.R.R. (2012). La comunidad del anillo. (M. Horne y L. Domenèch, Trad.). Editorial Booket; minotauro. (Trabajo original publicado en 1954), p. 509. En adelante: Tolkien, La comunidad del anillo.
↑ RegresarIbid., p. 77.
↑ RegresarIdem.
↑ RegresarTomás de Aquino. ST. II-II, 131, 1c.
↑ RegresarIbid., I-II, 2, 3c.
↑ RegresarIbid., I-II, 2, 2, ad. 1.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 78.
↑ RegresarIbid., p. 77.
↑ RegresarIbid., p. 82.
↑ RegresarCfr. Gén, 3:5.
↑ RegresarPlatón. República. II, 359d - 360a.
↑ RegresarHoward-Hill, L. (2017). The Nature of Power and Corruption in Plato and J.R.R. Tolkien. University of South Carolina, Scholar Commons, Theses and Dissertations. pp. 2-3; 6; 25.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 86.
↑ RegresarHillman, T. P. (2023). Pity, Power, and Tolkien’s Ring. The Kent State University Press. p. 86. En adelante: Hillman, Power.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 554-555.
↑ RegresarIbid., p. 509.
↑ RegresarIbid., p. 97.
↑ RegresarTolkien, J.R.R. (2013). The letters of J.R.R. Tolkien. (Tolkien, C. y Carpenter, H. Ed.). Houghton Mifflin Harcourt. Boston, New York. (Trabajo original publicado en 1981), p. 273. En adelante: Tolkien, Letters.
↑ RegresarAristóteles. Metafísica. V, 1019a15.
↑ RegresarTomás de Aquino. ST. III, 74, 7, ad. 1.
↑ RegresarPlatón. República. II, 360c-d.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 97.
↑ RegresarIdem.
↑ RegresarTolkien, Letters, p. 273.
↑ RegresarTolkien, J.R.R. (2014). El Silmarillion. (R. Masera y L. Domenèch, Trad). Editorial Booket; minotauro. (Trabajo original publicado en 1977), p. 30.
↑ RegresarHillman, Power, p. 87.
↑ RegresarTomás de Aquino. ST. I-II, 2, 4c.
↑ RegresarTolkien, Letters, p. 273.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 380.
↑ RegresarTolkien, _El retorno del rey, p. 235.
↑ RegresarTomás de Aquino. ST. I-II, 2, 1c.
↑ RegresarIbid., ad. 1.
↑ RegresarIbid., II-II, 186, 3, ad. 4.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 86.
↑ RegresarTomás de Aquino. ST. I-II, 2, 1, ad. 3.
↑ RegresarIbid., II-II, 24, 8c.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 78.
↑ RegresarTolkien, J.R.R. (2002). El hobbit. (M. Figueroa, Trad). Planeta. (Trabajo original publicado en 1937), p. 96.
↑ RegresarHillman, Power, p. 79-80.
↑ RegresarPopcak, G. (2015) Broken Gods. Hope, Healing, and the seven longings of the human heart. Editorial Imagen. p. 40.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 88.
↑ RegresarIbid., p. 378-379.
↑ RegresarTomás de Aquino. ST. I-II, 2, 1c.
↑ RegresarIdem.
↑ RegresarCfr. Eclo. 24:29.
↑ RegresarCfr. Jn. 4:13.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 80.
↑ RegresarIbid., p. 89.
↑ RegresarCfr. Mt. 18:20.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 94.
↑ RegresarTomás de Aquino. ST. I-II, 2, 4c.
↑ RegresarTolkien, La comunidad del anillo, p. 77.
↑ Regresar