Un sacerdote detective: El balance entre la Vocación Divina y la vocación humana en los cuentos del padre Brown

Por R.H. Naranjo2026-07-25
Resumen

A través de las historias que relatan las aventuras del Padre Brown, G.K. Chesterton guía al lector por una senda no sólo de reflexión detectivesca, sino también teológica, filosófica y moral. En este ensayo se ahonda en la Vocación Divina (el llamado de Dios para cada ser humano) y su delicado balance con la vocación humana (los “propósitos” que nos damos). Utilizando al personaje del Padre Brown como un modelo, se explora cómo ninguna de las dos vocaciones es una entidad fija, cómo cada una puede afectar a la otra, y cómo las dos son valiosas en torno al llamado universal a la santidad. El sacerdote detective muestra esta habilidad en diversas ocasiones, pues su proceder con otros personajes como Flambeau o el reverendo Wilfred Bohun dejan claro que su preocupación principal es por el alma del criminal, antes que por su captura. Anteponiendo sus deberes ministeriales a sus deberes sociales, el Padre Brown consigue no sólo que se haga justicia en lo terreno, sino también que el criminal se arrepienta y sea acogido por la misericordia en lo divino. Esto vierte luz sobre cómo una orientación adecuada de la Vocación Divina y la vocación humana desemboca en el actuar de Dios en el mundo a través de uno mismo, convirtiéndonos en vehículo tanto para nuestra Salvación como para la de los demás.

V Congreso Internacional Fe, Arte y Mito
Ponencia presentada en

V Congreso Internacional Fe, Arte y Mito

24 al 26 de julio de 2024

Introducción

No hay persona en este mundo que no se haya preguntado por su propósito. Es una de las verdades más fundamentales de la vida humana, una que puede ser tanto una bendición como una maldición. Todas las decisiones importantes se enmarcan en torno a esta temática, sea en la vida social, económica, política o académica. No es rara la ansiedad que surge en torno a la terrible sensación de que se tomó la decisión equivocada, sabiendo que sus consecuencias podrían llevar a las situaciones más indeseables.

La cosmovisión cristiana añade una variable más a este dilema colosal. La existencia de un Dios personal, omnisciente y juez elimina por completo cualquier carácter de anonimato que podría tener una decisión, sumergiendo todo en una red interconectada en la que no existe nada moralmente neutral. Las decisiones de la vida no sólo se enmarcan ya en un dilema sobre su conveniencia para el camino vital. Ahora también deben considerarse con respecto a la Voluntad de alguien externo, que al final de ese camino emitirá un juicio que determinará el resto de la eternidad.

En este caos, en esta lucha entre los deseos personales y los deseos divinos, la figura del padre Brown se presenta como un modelo peculiar. El pequeño sacerdote, que en su momento llegó a gozar de un éxito semejante al de Sherlock Holmes, carga en cada cuento con el rol del detective que va hilando la historia hasta dar con el criminal. Si bien a primera vista podría parecer que en él se enfrentan cara a cara su llamado al sacerdocio y su vocación por resolver misterios, esto no es así. Es más, en el padre Brown hay una unidad tal de vida, una síntesis de voluntades tan perfecta, que es su mismo ministerio sacerdotal el que le permite resolver los misterios.

Este ensayo tiene como objetivo desmenuzar y explorar el misterio de la Vocación Divina y su relación con las vocaciones humanas, a la luz de un personaje que, bajo la pluma de Chesterton, se presenta como una respuesta única. Inmersos en una sociedad que prioriza la autenticidad y el descubrimiento de uno mismo sobre todo lo demás, la capacidad de reconocer el llamado de una Voluntad superior, que muchas veces puede oponerse a la propia, adquiere una importancia clave.

Usando los cuentos del padre Brown como puerta de entrada e hilo conductor, exploraré cómo esta dinámica es mucho más compleja de lo que se le presenta, adquiriendo una naturaleza que nunca está completamente fija. Si bien Dios es eterno e inmutable, el ser humano no lo es, generando una dinámica rica y, en muchos contextos, compleja. Esta característica no hace más que crecer cuando se enmarca en la responsabilidad evangelizadora del cristiano, que se guía en parte por la obediencia. Aprender a encontrar un balance y unificar ambas vocaciones es responsabilidad y lucha de cada día. Cristo mismo mostró su dificultad en Getsemaní, lo que convierte cada apoyo y orientación en una ayuda invaluable para el pecador.

Es preciso advertir sobre mi uso terminológico. Empleo la palabra «vocación» para referirme a dos cosas distintas, y que si bien no son del todo apegadas a su uso general en la Sagrada Tradición, se adecúan con mucha facilidad a mis propósitos. Por un lado, me refiero por «vocación divina» al llamado personal que hace Dios a cada uno. Por el otro, me refiero por «vocación humana» a los proyectos y decisiones que cada quien va tomando. Se expondrá a detalle más adelante, pero no es mi intención que se entienda una oposición entre ambos tipos de vocación, sino mostrar cómo están en constante interacción, llevando a cabo un juego que se extiende durante toda nuestra vida y desemboca, al final, en nuestro destino final, sea éste de Comunión o de Exclusión eterna.

He dividido este texto, por tanto, en tres secciones, emulando las tres etapas del proceso personal de conversión, que es en sí mismo un proceso de diálogo[1]. La primera sección se refiere a la llamada de Dios, por lo que la he titulado: «Dios llama» o «Somos llamados». La segunda, que refiere a nuestro discernimiento, se titula: «Dios escucha» o «Somos escuchados». Por último, la tercera y última sección refiere a nuestra respuesta al llamado que, al margen de su dirección, es recibida por Dios en Su plan Providente, y se titula: «Dios recibe» o «Somos recibidos».

Dios llama o somos llamados

Hay pocas preguntas en la experiencia humana más profundas, contundentes y atemorizantes que la pregunta por el propósito de la vida, pues interpela de manera directa a todo lo que hemos hecho, todo lo que hacemos y todo lo que hemos de hacer. Al ser nuestro tiempo en este mundo finito, nos es una especie de imperativo el utilizarlo de manera tal que valga la pena, buscando aquella dulce sensación de satisfacción en nuestros últimos momentos de vida.

La actitud que surge de manera natural ante semejante calamidad, ante ese terrible destino que es la muerte, consiste en arrodillarse y suplicar clemencia, pues hasta en la sabiduría antigua de los griegos, los dioses (meros déspotas) no eran nada contra las furias, que más que mortales, estaban muertas[2]. Y aunque si bien para muchos la Muerte no es tan terrible, sí lo es su terrorífico hermano, el Olvido, ese monstruo vil que amenaza con destruir todo aquello para lo que vivimos, en donde nos movemos y lo que somos.

Nos es tan problemática la contradicción de que en esta vida, por más virtuosa que se sea, la felicidad no está garantizada, que hacemos todo lo posible por ignorarla, y el mero recuerdo de ella nos regresa a ese estado primigenio de desesperación. Saber que nuestro tiempo se agota (la causa última de la llamada “crisis de la mediana edad”) nos pone de cara al hecho de que sólo tenemos una oportunidad para hacer las cosas bien. Pero ¿de dónde surge esa necesidad en nuestros corazones de marcar una diferencia? ¿Qué es aquello que nos mueve a hacer cosas? ¿Por qué, como seres humanos, necesitamos de la trascendencia?

La pregunta parece trivial: una realidad que debe asumirse por el hecho de pertenecer a la raza humana, pero implica mucho más de lo que se deja ver a simple vista. Es verdad que pueden llevarse a cabo lecturas naturalistas o sociológicas, en las que se afirma que esta tendencia a trascender surgió de comportamientos que facilitaban la supervivencia de la especie y el éxito del individuo en la comunidad, pero dudo que haya alguien que, en momentos de excesiva desolación o inhibición, considere esa respuesta como satisfactoria[3].

Al margen del origen de este deseo, se vuelve innegable que la situación del ser humano es una de contradicción, una que, siguiendo a Chesterton, surge de una herida fundamental en nosotros: el que hemos olvidado quiénes somos, hemos olvidado nuestro nombre. En una frase: somos inalcanzables para nosotros mismos[4]. Nuestra inmediatez con nosotros mismos convierte al pecado original, la “única enfermedad espiritual” en palabras del padre Brown[5], en el único dogma cristiano que puede demostrarse empíricamente[6], pero al mismo tiempo se vuelve evidente un hecho que puede entenderse de dos maneras.

El materialista entiende que tenemos deseos imposibles de alcanzar y los resuelve (con poco éxito) mediante odas a la libertad sin obstáculo alguno, una lucha de clases hacia un futuro utópico o la imposición de la voluntad sobre el mundo. El habitante de los cuentos de hadas, en cambio, comprende que estos deseos surgen de un llamado desde un mundo extraño, distante, ajeno y al mismo tiempo íntimo. Comprende que este llamado no nos rompe porque va contra nuestra naturaleza, sino porque nuestra naturaleza tiende a ubicarlo en este mundo, y nosotros no cabemos en este mundo, sino en ese otro, aunque lo hayamos olvidado.

Está en nuestra naturaleza misma, en la cotidianeidad de la vida, la experiencia de sentirse llamados. Esta convocatoria a trascender inflama nuestra vida con una necesidad que no podemos aplacar, un deseo incolmable que nos convierte en aventureros perpetuos, nómadas existenciales. Así hemos sido creados, pues hemos sido hechos para Él, y somos guiados por un corazón inquieto hasta que descansamos en Él[7]. La satisfacción de esa búsqueda en este mundo no sólo es imposible, sino que en la medida en que se intenta alcanzar, se acaba tergiversando nuestra naturaleza misma.

En el cuento de «El ojo de Apolo», Kalón, un sacerdote de la “nueva religión” de Apolo, presenta como símbolos al sol y al ojo, declarando como dogma central que el hombre sano es quien puede “mirar al sol”, es decir, encarar al mundo y dominarlo por su cuenta, sin ayuda. El padre Brown le responde a este nuevo paganismo con sencillez: “los paganos antiguos sabían que la adoración de la naturaleza desnuda tenía una parte cruel. Sabían que el ojo de Apolo podía destrozar y cegar”[8]. En efecto, la adoración desmedida de Kalón por la perfección humana lleva a que Pauline, su devota seguidora, quede ciega y caiga a su muerte.

La coyuntura a la que se enfrenta la humanidad es como la de Alicia en esa encrucijada, y es por ello que la lección del minino de Cheshire, del gato risón, se presenta como un punto de arranque relevante[9]. ¿Quo vadis, humanitas? Pues bien, si queremos descubrir la via humanitatis, es preciso conocer la destinatio humanitatis. En palabras de Chesterton: el progreso no es más que un comparativo, cuyo sentido es inexistente si no hay un superlativo que lo oriente[10]. Por tanto, ¿cuál es ese superlativo y quién lo debería establecer? Si lo que más teme el hombre es un laberinto sin centro, como dice el padre Brown, y el ateísmo es una pesadilla, entonces debemos hacer todo por encontrar ese centro que otorgue estabilidad a todo[11].

No cuento con el espacio para entrar aquí en argumentos ontológicos o antropológicos, pero si, como hemos visto, este deseo del ser humano de trascender es infinito, como una especie de asíntota, no hay nada en este mundo finito que la pueda colmar. En atención a los escépticos, no apelo aquí a ningún filósofo católico, sino al heterodoxo pietista Immanuel Kant. En la «Crítica de la razón práctica», el filósofo de Königsberg establece que si la ética se limita a este mundo, en el que la felicidad no está garantizada, la ley moral “ha de ser fantástica y por ende falsa de suyo, al poner sus miras en un fin quimérico e imaginario”[12]. El mismo padre Brown diagnostica esta realidad en «El secreto de Flambeau»:

“El hombre de mundo, que realmente sólo vive para este mundo y no cree en otro, cuyos éxitos y placeres mundanos son todo lo que puede arrancar a la nada, ése es el hombre capaz de hacer algo cuando está en peligro de perder todo el mundo y de salvar la nada”[13].

El ser humano es llamado. Siente una vocación. Esta vocación sólo puede colmarse con algo infinito y, por lo tanto, el propósito central de nuestra existencia consiste en buscarlo. ¿Y dónde lo encontraremos, si no es en el Alfa y el Omega[14]? El libro de los Proverbios nos exhorta a confiar en el Señor con todo nuestro corazón, a no fiarnos en nuestro discernimiento[15]. Después de todo, ¿cómo podremos responder a un llamado infinito, si somos seres finitos?

No puedo continuar abordando este tema sin detenerme en el pasaje más relevante de toda la Cristiandad que habla al respecto, uno que repetimos todos los días en el «Padre Nuestro». Santo Tomás de Aquino, en su exposición de la oración que Cristo nos enseñó, esboza una serie de notas en torno a la petición “Fiat voluntas Tua, sicut in Caelo et in terra”. El Aquinate comienza estableciendo que “la mayor sabiduría [que nos enseña el Espíritu Santo] es no apoyarse en el propio sentir”[16].

Esto es importante, y algo que será crucial en nuestra disertación. Hemos sido cegados por la herida del pecado y nuestros ojos, aunque redimidos, siguen sin poder vislumbrar la Voluntad del Padre con la claridad que se nos ha prometido. Estamos inmersos en la neblina, mientras que Dios lo observa todo con claridad. El no fiarse de nosotros mismos “nace de la humildad [...]. Los soberbios, en cambio, confían demasiado en sí mismos”[17], como lo hace Wilfred Bohun en el cuento de «El martillo de Dios», pues él “pensó que le había sido dado [el poder para] juzgar al mundo y abatir al pecador”[18]. Otro ejemplo es el detective ateo Valentin en «El jardín secreto», quien viola su propio código de ética por un arranque de soberbia[19].

Además, sabemos por la Revelación que Dios quiere tres cosas para nosotros: que alcancemos la vida eterna[20], que guardemos los medios para alcanzarla, a saber, los mandamientos[21] y que regresemos al estado de dignidad del primer ser humano[22], es decir, que recordemos nuestro nombre[23]. La Voluntad de Dios, que nos conforma, desea nuestra santificación[24], marcando por tanto el camino deseado por nosotros, que somos su imagen. Hemos recibido el llamado, por lo que ahora nos corresponde responder.

Dios escucha o somos escuchados

Todo aquél que se haya embarcado en alguna aventura a través del bosque o que, en su defecto, haya leído alguna de esas grandes gestas caballerescas, épicas antiguas u obras de viaje como «El señor de los anillos», comprenderá que el siguiente paso en la aventura de cada mujer y cada varón, una vez que se han percatado de que están llamados a algo y que sólo pueden hallar descanso en Dios, es hacerse de un mapa que les permita llegar a Él.

Este mapa no es trivial; es indispensable ser conscientes del terreno que se debe cruzar para llegar a nuestro destino. Frodo y Sam no hubieran llegado al Monte del Destino si no hubieran contado con un guía: Gandalf primero, después Aragorn y, por último, Gollum. Sí, hacernos conscientes del objetivo de nuestras vidas ya es un primer gran paso, pero de poco sirve saber que nuestro destino es la torre abandonada de Utumno si no conocemos las Montañas de Hierro y nos terminamos perdiendo.

Este mapa sólo pudo haber sido hecho, al igual que todos los mapas, por alguien que conoce el camino. Mientras mejor conoce el terreno el diseñador, no sólo será un mapa útil por llevar al objetivo, sino también porque evitará caminos complicados o, en su defecto, los reducirá al máximo. De aquí sólo hay una conclusión posible: si el destino de nuestro llamado es Dios, el único que puede diseñar el mapa también es Dios. Si nuestro objetivo es llegar a Dios, si buscamos responder al llamado infinito que proviene de Él, nosotros no podemos diseñar el mapa. Intentar hacerlo sólo puede terminar en desastre. “Certe Deus dedit legem, et quia iustitia ex lege est, non sit tua”, dice el santo de Hipona[25]. La ley es de Dios, es Él quien la coloca, no nos corresponde apropiárnosla.

La Sagrada Escritura nos alerta contra esta tentación a través del profeta Oseas, quien critica al Reino de Israel después de su separación del Reino de Judá y advierte a sus lectores. “Han entronizado reyes” dice el profeta, repitiendo las palabras de Yahvé, “sin contar conmigo, han nombrado príncipes sin mi conocimiento. Con su plata y su oro se han fabricado ídolos, para su perdición”[26]. La última parte del texto es la más esencial: ellos provocaron su propia destrucción. La ley del mundo es de Dios; no nos corresponde a nosotros hacer justicia, sino seguir la suya. Si intentamos nosotros diseñar nuestro propio sistema de justicia, abandonando por completo a Dios, lo único a lo que podemos aspirar es a autodestruirnos, como hicieron los reyes, pues es construir sobre cimientos rotos.

La herida del pecado original nos ha cegado y nuestra caridad, fundamento último de la justicia, es limitada. “Esa es la diferencia real entre la caridad humana y la cristiana”, dice el padre Brown[27]. Basta mirar a nuestro alrededor y observar el resultado de la justicia humana, para percatarnos del sentido último de las palabras del profeta Oseas. El mundo está lleno de ideales que guían a partidos políticos, activistas y líderes de opinión, pero por más que estos ideales tengan como objetivo llevar a una sociedad utópica, siempre acaban en fracaso, pues por más que el espíritu esté presto, el cuerpo es débil[28].

Queda claro, pues, que para responder a nuestro llamado necesitamos de Dios. Dios nos acompaña en el viaje hacia Él, y sin Él nunca podremos avanzar. Eso convierte a este viaje en algo intrínsecamente dialógico, no en un monólogo. Sin el auxilio de Dios, el poder humano no es más que frágil y deleznable[29], pero si avanzamos por Dios, con Dios y en Dios, el poder humano es capaz de mover montañas, de hacernos caminar por el océano, de convertirnos en domadores del país de las hadas.

Ya decía san Juan de la Cruz en esa bellísima frase: “Más quiere Dios en ti el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer”[30]. La obediencia se transforma en una de las más grandes virtudes que podemos poseer, pues es a través de ella que conseguimos avanzar sobre el mapa. Esta obediencia, además, nos lleva siempre por el camino correcto, pues Dios está más cerca de nosotros de lo que estamos nosotros mismos. Él está “interior intimo meo et superior summo meo[31]. Si lo buscamos, Él ya nos ha encontrado antes; si le llamamos, Él ya nos ha estado llamando por mucho tiempo.

Nadie conoce nuestros deseos, incluso los más profundos, mejor que Dios. Desde habernos formado en el vientre de nuestras madres nos conoce, y nos ha acompañado en todos los momentos de nuestra vida. Cristo Jesús, por quien nos dirigimos al Padre, en la unidad del Espíritu Santo, se convierte en nuestro guía, un guía incluso mejor que Aragorn y Gandalf, pues Él posee verdadera autoridad. Al seguirle, estamos escogiendo el mejor de todos los mapas, llevándonos mejor que nadie a responder nuestro llamado.

Doy un paso atrás en este punto, para recordar una verdad fundamental: la Voluntad de Dios siempre se cumple. Al final, Él tiene la última palabra. Puede parecer que, en lo particular, es Él quien está perdiendo, pero esa es la maravilla “eucatastrófica” del mundo. Si el Anillo no hubiera consumido a Frodo, no hubiera ocurrido la pelea con Gollum que llevó a su destrucción. Si Cenicienta no hubiera sido maltratada por su madrastra, no hubiera conocido a su hada madrina. Si Cristo no hubiera sido crucificado, no hubiera podido Resucitar. En palabras de santo Tomás: “aun cuando algo pueda fallar por alguna forma particular [...], nada puede fallar por la forma universal”[32]. La historia le pertenece a Dios, de tal manera que Él utiliza todo cuanto ha ocurrido, bueno o malo, para alcanzar el final último de Su victoria. Por ende, Él, que vive fuera del tiempo y del espacio, ya conoce todas las cosas y sabe cómo acabarán.

Es importante recordar esto en todo momento, pero también debemos saber que para nosotros no es así. Para nosotros “el eterno plan de Dios se nos revela a cada uno sólo a través del desarrollo histórico de nuestra vida y de sus acontecimientos, y, por tanto, sólo gradualmente”[33]. Sí, la voluntad de Dios siempre se cumple. Al final todas las cosas llegarán al punto que Él ha escogido en el mapa, pero en nuestros caminos personales seguimos siendo guiados y, por lo tanto, vivimos en un diálogo que se llama oración. Eso significa que nosotros podemos hablar y que Dios nos puede escuchar. Hemos sido creados libres, y la libertad trae consigo una enorme, aterradora, e inalterable consecuencia: debemos tomar decisiones.

Aquí es donde entra el tema de lo que hemos denominado la “vocación humana”, es decir, aquello a lo que cada persona se dedica en su vida, según sus decisiones e intereses. Todos vivimos inmersos en situaciones distintas, con contextos culturales, sociales, económicos y políticos que varían de manera drástica. A lo largo de nuestras vidas vamos conociendo nuestros propios gustos, proyectos personales que queremos desarrollar, y eso nos lleva día con día a ir construyendo nuestros caminos. Esto no es malo. La advertencia del profeta Oseas no significa que debemos seguir a Dios como una especie de autócrata que nos encadena. En realidad, es una caminata como la de los discípulos de Emaús. Vamos avanzando junto a Él, llevando una conversación constante en la que Él nos orienta, pero también nosotros sugerimos. Es dialógico, y eso significa que nosotros también hablamos.

San Pablo, en la primera carta a los corintios, nos dice que “cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra”[34]. Este es uno de los puntos más esenciales del presente texto, algo que todos debemos tomar en cuenta a pesar de que sea fácil olvidarlo. El mapa que Dios diseña no es uno mismo para todos, de ser así nos habría creado a todos iguales. Al contrario, cada quien recibe un mapa según su propia situación, tomando en cuenta a nuestro ser en su totalidad, pues, como dijimos antes, Dios lo conoce incluso mejor que nosotros.

“Todos los hombres importan,” dice el padre Brown. “Usted importa. Yo importo. Es la cosa más difícil de creer en la teología […]. Nosotros le importamos a Dios… Dios sabrá por qué”[35]. Somos tan importantes para Dios que Él nos orienta según necesitemos, para que podamos alcanzarlo a Él al final de nuestra vida. El mejor guía de todos es el que sabe qué camino escoger, según aquellos a quienes guía. No tendría sentido decir que Jesucristo es el guía supremo, si Él no fuera capaz de tomar en cuenta nuestras necesidades.

No obstante, a pesar de que se trata de un camino dialógico, en el que vamos caminando a la par de Cristo, experimentamos grandes complicaciones, la gran mayoría de las cuales vienen de nuestra propia finitud. “In particulari nescimus quid Deus velit”, dice Aquino[36]. Conocemos la voluntad de Dios en un sentido universal, pero en lo particular se nos escapa. Cristo conoce el mapa completo; nosotros no podemos ver más allá de los montes a nuestro alrededor. Esto provoca que algunas decisiones tomadas bajo la idea de que son buenas lleven, a largo plazo, a efectos negativos. “Puede haber algo que [...] absolutamente, sea bueno o malo, y que, sin embargo, considerado como algo [particular], sea lo contrario”[37].

No hay una profundidad consecuencialista que garantice que una decisión tomada vaya a tener o no efectos positivos. La cadena causal es infinita, convirtiendo cualquier computación moral en una tarea imposible. El predicamento que de aquí se desprende no es cosa menor, pues por más insignificante que una decisión pueda parecer, siempre se corre el riesgo de que sus consecuencias lleven a un mal terrible.

He aquí un gran error común, pues si bien Dios conoce el efecto último de nuestros actos, no sería justo si nos exigiera algo más allá de nuestro conocimiento. Cada ser humano tiene responsabilidad por los actos que lleva a cabo en lo particular, pero estos no puede ser medidos a través de un lente universal. “No es recta la [voluntad] de quien quiere un bien particular si no lo refiere al bien común como a fin”[38]. Para que la voluntad del hombre sea buena no necesita tener consecuencias positivas. Incluso puede tener las más terribles, sin que esto tenga peso sobre la bondad o maldad de la voluntad.

Un ejemplo icónico de los cuentos del padre Brown es Israel Potter, el sordo sirviente del conde de Glengyle, quien por seguir con buenas intenciones una comprensión demasiado literal del testamento de su antiguo maestro, lleva a todos a pensar que está ocurriendo una conspiración o ritual secreto[39]. Cristo mismo llama bienaventurados a quienes son insultados, calumniados e injuriados por causa suya, a quienes sufren consecuencias terribles por llevar a cabo actos buenos, como Él mismo sufrió una muerte de cruz por no hacer nada excepto amar[40]. Lo único que necesita una acción para ser buena es que “se conforme con la voluntad divina”, el bien común, en lo particular[41].

La mejor manera de conocer no sólo ese bien particular, sino también el bien universal al que debemos adecuar todas nuestras acciones es la oración. El papa Juan Pablo II nos invita a cuidar “la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia, la oración filial y constante, la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual”[42]. La oración bien vivida vuelve a impulsar en nosotros la humildad, generando así un círculo virtuoso. Me sostengo aquí de dos ejemplos explícitos del padre Brown.

Al orar y encontrarnos con Dios, obtenemos una flecha que apunta hacia Él, por lo que descubrimos, a la par, otra flecha que apunta en la dirección opuesta. En «El error en la máquina», el padre Brown lo deja claro: al conocer el bien, conocemos el mal[43]. La idea se completa en «El secreto de Flambeau». Una vez que conocemos la dirección opuesta a Dios, el mal, también descubrimos que somos capaces de seguirla. Puedo caminar hacia allá con la misma facilidad–a veces incluso más–que hacia Dios. Y sólo si me doy cuenta de que nada me separa del mal, puedo adentrarme en la humildad de comprender que todo el bien que hago viene de Él y es una gracia[44].

Si estamos llamados a buscar el bien de todas las cosas, la única manera de hacerlo correctamente es a partir de la virtud de la caridad. Todo lo grande que el ser humano ha sido capaz de construir, ha sido por algún tipo de amor. Lo dice Chesterton en Ortodoxia: la gente honró primero un lugar, una piedra o un manantial sagrado, y después obtuvo gloria de él. La gente no amó Roma porque Roma era grande. Roma se hizo grande porque fue amada[45].

Amar bien puede ser muy complicado, pero comienza por amar a la cosa no por lo que es ahora, sino por lo que puede ser después. Esa es la belleza de la caridad como virtud: que sólo puede ejercitarse cuando algo no es digno de ser amado. Sólo tiene sentido cuando entra en contradicción[46]. El padre Brown no ama al ladrón por lo que es en este momento, porque de amarlo así, nunca lo ayudaría a cambiar, pues no sería capaz de ver el mal en él. El sacerdote va incluso más allá, pues en «El fantasma de Gideon Wise», es capaz de ver a través del comunismo revolucionista de Jake Halket y encontrar un alma con deseos de convertirse, de encontrar el amor cristiano[47].

“Para actuar con fidelidad a la voluntad de Dios hay que ser capaz y hacerse cada vez más capaz”, dice Juan Pablo II[48]. Se trata de una acción que se perfecciona cada día, como un músculo que hay que ejercitar. Habrá momentos en los que orar sea fácil, otros en los que será difícil. Pero nunca hay que dejarlo, porque sólo así conocemos la Voluntad de quien guía en lo particular y en lo universal[49].

“El fin último de la voluntad humana es el sumo bien, que es Dios [...]. Por consiguiente, se requiere para la bondad de la voluntad humana que se ordene al sumo bien, que es Dios”[50]. El ser humano ha sido creado como un protagonista en la historia más grande jamás contada, una historia que además está viva, cambiante y siempre nueva. Las decisiones que toma crean nuevos capítulos que van en una dirección y en otra, pero que al final suman a la gran obra maestra del Autor.

Una novela requiere de reglas, una aventura requiere de estructura. No hay aventuras en la tierra de la anarquía, pero sí en la tierra de la autoridad[51]. Y sólo siguiendo al gran Autor, que sigue creando nuestras historias incluso cuando llegamos a tropezar, podremos alcanzar al mismo tiempo el fin mismo de nuestras vidas: la Comunión con Él.

Dios recibe o somos recibidos

Hemos hablado acerca de la oración como medio para conocer el mapa que nos ha dado el Autor. También hemos mencionado la importancia de que esa oración sea dialógica. Es muy común encontrar la opinión general, incluso entre cristianos, de que la oración es un acto similar a la meditación budista, pero basta observar el ejemplo de Cristo para descubrir que eso no es verdad. Si bien Él siempre fue muy reservado con sus momentos de oración, ocultándose en algún monte distante para evitar ser visto, sí deja entrever algunos elementos clave otorgados a sus apóstoles, comenzando, evidentemente, por el Padre Nuestro. Uno de estos momentos es cuando Él declara que no vino a hacer su Voluntad, sino la de Aquél que lo envió, y esa Voluntad es que todo el que crea en el Hijo tenga vida eterna[52].

Los monjes medievales distinguían entre los dos tipos de vida frente a Dios, o dos tipos de oración. Por un lado, se encontraba la vida contemplativa, de profunda oración y adoración, con el objetivo de olvidarse de uno mismo. Por el otro se encontraba la vida activa, que traducía a la primera en la ayuda a los demás, hasta renunciar a uno mismo. Ambos actos, por su naturaleza, van en dirección extra-personal. La oración cristiana, sea activa o contemplativa, nunca se enfoca en uno mismo, sino que se dirige al otro. No hay nada más opuesto al budismo que el cristianismo[53].

Cristo busca hacer la Voluntad del Padre. Él actúa, y nos manda a nosotros a actuar. San Agustín clama con fuerza esa famosa frase: “Qui ergo fecit te sine te, non te iustificat sine te![54]. Quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Hemos de poner de nuestra parte, y nuestra respuesta sólo cobra sentido si está orientada por Él[55]. Cada momento de la vida es una oportunidad para esto, para aprender a amarlo y obedecerlo más. No tiene que ser sólo mediante los desafíos, que manifiestan mejor Su gracia en nuestra existencia; también puede tratarse de encontrar una mejor manera de vivir lo que ya hacemos en la cotidianidad[56]. Es una respuesta que se construye poco a poco, pero que tiene maneras especiales de manifestarse.

Sin duda las respuestas más radicales que pueden darse ante a la Vocación divina, mediante la cual la vocación humana queda completamente cedida, son el sacerdocio y la vida consagrada. Se trata de un privilegio Sacramental, pero también Bautismal, que lleva a quien lo recibe más allá de la vida meramente contemplativa y lo inserta en una vida también activa. La combinación de ambas les da una fuerza incalculable, pues se alimentan entre ellas para guiar a quien las vive en un camino de profunda santidad. “Así como es más perfecto que sólo lucir el iluminar, así es más perfecto que sólo contemplar el comunicar a otros lo contemplado”[57], dice el doctor angelical, y esa es precisamente la labor de quien ha recibido un llamado especial a la consagración, que encuentra su mayor dignidad en el sacerdocio.

San Gregorio Magno, famoso por haber buscado una vida de silencio y reclusión antes de ser elegido sucesor de Pedro, declara en su «Regla pastoral» las normas que debe seguir quien deseé vivir el sacerdocio con la profundidad de Cristo. Es una cita larga, mas conviene copiarla en su totalidad:

“[El sacerdote] ha de hallarse el director de almas al nivel de los fieles por su compasivo corazón, y por encima de todos en su espíritu de contemplación; ha de hacer suyas las penas y dolencias de los demás con la blandura de sus entrañas; mientras por otra parte, en sus ansias de las cosas del cielo, ha de elevarse sobre sí mismo; pero de modo que, ni por elevarse desprecie las penalidades de sus prójimos, ni por aliviar las penas de sus prójimos abandone la altura de sus pensamientos”[58].

Esta es la gran diferencia entre el sacerdocio y otras figuras que ayudan a las personas, como un mentor o un psicólogo. Los primeros sobresalen porque se involucran con su aprendiz para enseñarle a madurar; los segundos porque ayudan a muchos a convertirse en una mejor versión de ellos mismos, procurando cuidar su salud mental y, en algunos casos, incluso la física. El sacerdote, en cambio, está obligado a seguir el ejemplo de Cristo. Debe ayudar a muchos, como un psicólogo, con una profundidad distinta a la de un mentor, pues si bien el mentor se enfoca en orientar con respecto a los dilemas de la vida, el sacerdote lo hace para que su grey sea salvada. No es que el mentor y el psicólogo sean menos importantes, la naturaleza de su vocación es distinta al sacerdocio por objetivo que persiguen[59]. Eso significa que debe involucrarse con todo su ser. Es un soldado, enviado a salvar almas mediante el amor, por lo que debe ser capaz de ver a cada uno como un ser amado, como un verdadero hermano, y darlo todo para conseguir que sus ojos se posen en Jesucristo.

El padre Brown es el mejor ejemplo de este amor por el prójimo, que es también el secreto detrás de sus descubrimientos. Sus cuentos no pueden entenderse sin comprender que él no es un detective, sino un sacerdote que vive por su parroquia y cuida de los suyos. Lo dice él mismo en el cuento de «El rápido», el segundo de la colección de «El escándalo del padre Brown»: “No suelo interferir en sus asuntos. Nunca he tenido nada que ver con poner en funcionamiento la maquinaria de la policía, perseguir a delincuentes o algo parecido”[60].

A través de las historias se nos revelan facetas que demuestran su compromiso con la vida pastoral. En «El error en la máquina» descubrimos que durante muchos años fue confesor de una prisión en Chicago[61]. En «La resurrección del padre Brown» lo encontramos como el párroco de una comunidad, muy querida para él, en Sudamérica[62]. En «El peor crimen del mundo», vislumbramos por un momento la ternura de su amor por su sobrina, que lo lleva a averiguar si el hombre con quien desea casarse es digno de ella[63].

“Tenemos que decir la palabra que los salvará del infierno,” declara con fervor el sacerdote. “Nosotros, solos, somos los que hemos quedado para librarles de la desesperación cuando su caridad humana los abandona”[64]. La vocación sacerdotal es por naturaleza una combinación entre la vida activa y la vida contemplativa, una existencia inmersa en la oración en busca de la unificación de ambas. “Yo trituraría todos los arcos góticos del mundo para salvar el alma de un solo ser humano”[65].

El padre Brown es ejemplo mismo de las exigencias de san Gregorio Magno en su «Regla pastoral». Un predicador debe tender con la contemplación hacia la cima sagrada de la Iglesia que es Dios y, una vez ahí, descender con misericordia hacia sus más íntimos miembros, que son su rebaño[66]. Los sacerdotes están “llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y [se santifican] en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión”[67]. El ejemplo paradigmático de este amor es el ladrón Flambeau. Quien comienza como un criminal sin escrúpulos, ladrón buscado por toda Europa, encuentra la redención gracias a la misericordia que le muestra el pequeño sacerdote mediante el Sacramento de la Confesión[68], hasta convertirse él mismo en uno de los mejores detectives de Europa[69].

Ahora bien, también nosotros, mediante el Bautismo, somos ungidos como edificio espiritual para un sacerdocio santo. Somos linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, enviados a pregonar las maravillas de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su admirable luz[70]. Hemos sido consagrados sacerdotes, profetas y reyes, por lo que es nuestro deber ejecutar esas ordenanzas en el contexto particular de cada uno, luchando por el bien común y renunciando a intereses personales[71].

A diferencia del sacerdote, en quien la vocación humana queda casi neutralizada frente a la grandeza de la Vocación divina, el laico se encuentra en una situación constante de interacción con ambas. Tiene un trabajo, responsabilidades, objetivos personales. Los matrimonios, además, tienen la responsabilidad de cuidarse primero entre ellos y después a sus hijos. Si bien el laico no cuenta con la misma autoridad eclesiástica del presbítero, sigue estando llamado por el sacerdocio bautismal “a dar a todos el testimonio de verdad y de vida”[72]. Las situaciones de cada uno son sólo distintos puntos desde los cuales se debe comenzar a seguir el mapa pintado por Dios, y es su misma condición la que puede darle un acercamiento único a los demás.

He llegado así al punto más importante de este ensayo, para el cual he desarrollado todo lo anterior y con el que tengo la intención de apelar a la gran mayoría de mi audiencia. La vocación humana–proyectos y decisiones que marcan la vida–es buena por sí misma. Son pocos los llamados a despojarse del mundo, como San Francisco o Santa Clara, y vivir la radicalidad de la pobreza material y espiritual de Cristo. Sólo uno de cada diez mil católicos es sacerdote o religioso. Todos los demás vivimos inmersos en el mundo, llevando vidas en las que seguir el mensaje del Evangelio no es siempre lo más sencillo o, incluso, lo más deseable.

Estos son los momentos en los que alinear la vocación humana a la divina adquiere más importancia. Es fácil ser virtuoso situaciones tranquilas; el reto es mantenerse en la virtud cuando todo impulsa a abandonarla: cuando una doctora debe oponerse a llevar a cabo un aborto, incluso si le cuesta su carrera; cuando un periodista debe denunciar las injusticias, incluso si le cuesta la vida; cuando una joven debe ser firme en la vivencia de su fe, incluso si hace que la gente a su alrededor la critique.

El reto del cristiano está en las cruces de cada día, y muchas veces la única manera de orientar al perdido es que otro que ha estado ahí lo guíe. Se puede ser mentor, se puede ser psicólogo, y vivir también de acuerdo con la vocación suprema que “es una sola [...], la divina”[73]. No por ello debemos ignorar aquello a lo que dedicaremos nuestra vida. Encontrar una vocación apasionante, que incluye y va más allá de la carrera profesional, es un gran primer paso para hacer cumplir la misión encomendada[74].

¿Pero qué ocurre si escogemos la vocación humana sobre la divina? No me refiero sólo a caídas en el pecado, para los cuales existe la Reconciliación. Me refiero a momentos en los cuales, sabiendo el objetivo marcado por Dios, se decide recorrer el dictado por los deseos. Un ejemplo radical, sin vuelta atrás, sería un varón consciente de su llamado al sacerdocio que decide contraer matrimonio con su novia, a quien ama con todo su corazón. Incluso si él fuera el mejor esposo de todos, es innegable que en ese momento actuó en contra de la Voluntad divina, pero lo último que debemos pensar es que al hacerlo se excluyó por completo del plan de Dios. Recordemos que, por un lado, la Voluntad de Dios siempre se cumple y, por el otro, que la salvación no se mide por un cómputo de buenas y malas acciones.

Otra gran distinción medieval es la de la voluntad antecedente y la voluntad consecuente. Un juez, por la voluntad antecedente, desea que todos sean libres. No obstante, al encontrarse con los actos de un criminal, su voluntad consecuente puede cambiar, llevándolo a condenar al criminal a prisión[75]. Lo mismo ocurre con Dios. Su Voluntad antecedente puede consistir en que este hombre escoja el sacerdocio, pero mediante su Voluntad consecuente le puede encomendar ser un gran padre de familia. No es que Dios cambie, sino que recoge nuestras decisiones en lo particular para cumplir su Voluntad en lo universal, por lo que incluso cuando en lo particular nos distanciamos, siempre nos podemos reencontrar.

San Juan Crisóstomo, uno de los Padres de la Iglesia más importantes, insiste en que Dios nos exige “aquellas virtudes que señaladamente son necesarias y útiles para el aprovechamiento de los otros”[76]. Cada nuevo día es una oportunidad para desarrollarlas; no hay acto humano que pueda erradicar la capacidad del perdón[77]. Nadie ha sido condenado mientras cuente con un nuevo aliento. El padre Brown, en «La ráfaga del libro», exhorta al agnóstico profesor Openshaw a no ver al hombre común que lo rodea como una máquina con rostro humano. Está tan acostumbrado en observar al fraudulento que se le ha olvidado observar al honesto, convirtiéndolo en un cientificista que ha perdido el contacto con la humanidad[78].

Vivir requiere valor. No es fácil tomar decisiones. Considerar tanto la propia vida como la mirada de Dios puede llevar a preocupación y miedo. No obstante, aquí Chesterton nos rescata con admirable lucidez al recordarnos la actitud más santa de todas: la de los niños. El niño sólo es cuidadoso cuando está enfermo. El niño sano, por el contrario, es el menos cuidadoso de todos. Se sabe que un niño tiene buena salud porque brinca, se lanza, escala árboles, hace tonterías. No se preocupa por vivir. Vive.

Ser santos, encontrar y seguir nuestras vocaciones en torno a la Vocación recibida del Creador, no debe ser hecho con cuidado. No debemos preocuparnos por vivir de acuerdo con Su Voluntad. Hay que lanzarnos y aventarnos, desbordados de alegría, y lo conseguiremos. Seamos cuidadosos con lo pequeño, como una cortada o un catarro, pero en nombre de cordura, seamos descuidados con lo importante como el matrimonio, el sacerdocio, la vocación, o la fuente de nuestra vida fallará[79].

Cada uno debe caminar “hacia su perfección en la búsqueda y el amor de la verdad y del bien”[80], a fin de alcanzar “la unión cada vez más íntima con Cristo”[81]. Este camino se construye en diálogo. Dios está abierto a escuchar. Y cuando hablamos, cuando proponemos, incluso cuando decidimos no ir por el camino que Él nos marcó en el mapa, Él nos sigue acompañando y la misma alegría y amor de siempre, haciendo todo lo posible porque lleguemos al objetivo final: la Comunión con Él.

Conclusión

Llego al final de este ensayo con una serie de pensamientos concisos, con tal de que provoquen en el lector el deseo de escudriñar lo más profundo de su ser y aventurarse, sin vacilar, en la gran épica que es la santidad. La Voluntad de Dios es eterna, inmutable, inviolable, pero al crearnos libres nos otorgó la posibilidad de decidir el modo en el que alcanzamos su final. Sin importar la posición que se tenga en este día, en esta hora, en este minuto, siempre se puede buscar la mirada del Señor para acercarse más a Él.

Las cosas esenciales del ser humano no son las que hacen unos pocos, sino las que hacemos todos[82]. Son esos grandes momentos los que nos marcan en lo individual y nos elevan a lo universal; los que nos hacen, por un instante, probar la grandiosa variedad de la Comunión que hay en el Cielo. Dentro de la Tradición, no hay tal cosa como una vida tradicional. El mismo Dios que impulsó a Santa Mónica a la maternidad, llevó a Santa Juana de Arco a la batalla. El mismo Dios que ordenó a San Simeón Estilita vivir sobre una columna por tres décadas, guió al empresario argentino Enrique Shaw (cuya beatificación está en proceso el día de hoy) a dignificar a sus empleados mediante la incorporación apasionada de la Doctrina Social de la Iglesia.

Los cuentos del padre Brown, quizá las obras más conocidas de Gilbert Keith Chesterton, ilustran la variedad mediante la cual el cristiano puede alcanzar la santidad. En este ensayo hemos citado apenas algunos de los múltiples ejemplos, pero a través de ellos queda claro el significado detrás de la catolicidad de la Iglesia. El sacerdote detective no es el único personaje que nos demuestra el balance entre la vocación humana y la Vocación divina, también lo hacen otros como Flambeau. No obstante, en él encontramos uno de los más firmes ejemplos de cómo, en cada decisión, tenemos la inmensa e increíble oportunidad de vivir al máximo, orientados por la caridad.

El balance entre la vocación humana y la Vocación divina debe verse no como la lucha entre dos fuerzas opuestas, sino como la aventura en la que se descubre cómo vivir. Entre ellas existe una dinámica tan compleja como la vida misma, en la que influyen nuestras decisiones, nuestro entorno y la gente a nuestro alrededor. El romance de la ortodoxia, de la vida en Cristo, viene de del descubrimiento personal del modo de imitarlo a Él, en una dinámica que nunca se agota, sino que encuentra alimento nuevo en cada paso.

Amar. Amar. Amar. En eso consiste todo. Vivir sin límites, amar hasta aquello que parece imposible. Esa es la pasión, la flama de la vida, con la que los niños encaran al mundo. Es lo que enciende la maravilla que encuentra el viajero en el reino de las hadas. Es la fuerza que hace que el enamorado lleve a cabo lo impensable, con tal de volver a descansar la mirada en la chica que le ha robado el corazón.

“Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado”[83]. Busquemos vivir como el padre Brown: “mirando con agrado a la mayoría de las personas; aceptando el mundo como su compañero, pero nunca como su juez”[84]. Sólo así podremos compartir un poco del inagotable océano que es el amor de Cristo por nosotros. Sólo así, a través de las colinas y los senderos, cruzando las dificultades, levantándonos después de tropezar, encontraremos el descanso.

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Notas

1.

Juan Pablo P.P. II, Homily at Eucharistic Concelebration in the grounds of the Papal Seminary in Pune, Santa Sede, 1986, n. 3.

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2.

Gilbert Keith Chesterton, Orthodoxy, Dover Thrift, New York, 2020, p. 152. En adelante: Chesterton, Orthodoxy.

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3.

Además, basta analizar ese argumento con detenimiento para ver que se sostiene sobre una suposición indemostrable, y es que existe la misma probabilidad de que la causalidad vaya en sentido opuesto: que sea el sentido de trascendencia el que haya llevado a comportamientos que, por necesidad o accidente, resultaron facilitar la supervivencia y el éxito en la comunidad.

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4.

Chesterton, Orthodoxy, p. 46.

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5.

Gilbert Keith Chesterton, “El ojo de Apolo”, en: El padre Brown al completo (Trad. José Rafael Hernández Arias), Valdemar, 2023, p. 190. En adelante: Chesterton, Padre Brown: [Nombre del cuento].

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6.

Chesterton, Orthodoxy, p. 7.

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7.

Agustín de Hipona, Confesiones (Trad. Ángel Custodio Vega), Madrid: Gredos, 2023, I, 1, 1. En adelante: Agustín, Confesiones.

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8.

Chesterton, Padre Brown: El ojo de Apolo, p. 202.

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9.

Me refiero al diálogo famoso entre Alicia y el gato, en la que ella le pregunta: «Minino de Cheshire, ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?» «Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar.» «No me importa mucho el sitio...» «Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes». Cfr. Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, Ediciones del Sur, 2003, pp. 59-60.

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10.

Gilbert Keith Chesterton, Heretics, Sam Torode Book Arts, 2011, pp. 11 - 12. En adelante: Chesterton, Heretics.

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11.

Chesterton, Padre Brown: La cabeza del César, p. 326.

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12.

Immanuel Kant, “Crítica de la razón práctica”, en: Kant vol. 1, (Trad. Roberto R. Aramayo), Madrid: Gredos, 2023, p. 202.

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13.

Chesterton, Padre Brown: El secreto de Flambeau, p. 784.

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14.

Cfr. Ap 1, 8.

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15.

Pro 3, 5.

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16.

Tomás de Aquino, In orationem Dominicam videlicet “Pater noster” expositio, 1273, a. 3, 2. En adelante: Aquino, Pater noster expositio.

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17.

Ibid., a. 3, 3.

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18.

Chesterton, Padre Brown: El martillo de Dios, p. 186.

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19.

Chesterton, Padre Brown: El jardín secreto, pp. 58-61.

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20.

Aquino, Pater noster expositio, a. 3, 4.

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21.

Ibid., a. 3, 6 - 10.

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22.

Ibid., a. 3, 11.

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23.

Cfr. Chesterton, Orthodoxy, p. 46.

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24.

1 Ts 4, 3.

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25.

Agustín de Hipona, Sermón 169 (Trad. Pío Vizcaíno), 416, 11. En adelante: Agustín, Sermón 169.

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26.

Os 8, 4.

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27.

Chesterton, Padre Brown: La aflicción del Marqués de Marne, p. 780.

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28.

Cfr. Mt 26, 41.

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29.

Agustín, De gratia et libero arbitrio (Trad. P. Gerardo Enrique de la Vega), 426, IV, 6. En adelante: Agustín, De gratia et libero arbitrio.

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30.

Juan de la Cruz, Avisos Espirituales, Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2003, I, i, 13.

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31.

Agustín, Confesiones, III, 6, 11.

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32.

Tomás de Aquino, Summa Theologiae (Trad. José Martorell Capó), Biblioteca de Autores Cristianos, 2001, I, q. 19, a. 6c. En adelante: Aquino, ST.

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33.

Juan Pablo P.P. II, Christifideles laici: Sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, Santa Sede, Dicasterio para la Comunicación, 1988, V, 58. En adelante: Juan Pablo II, Christifideles laici.

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34.

1 Co 7, 7.

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35.

Chesterton, Padre Brown: El rápido, p. 821.

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36.

Aquino, ST, I-II, q. 19, a. 10, ad. 1.

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37.

Ibid., I, q. 19, a. 6, ad 1.

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38.

Ibid., I-II, q. 19, a. 10c.

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39.

Chesterton, Padre Brown: La honradez de Israel Potter, pp. 115 - 129.

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40.

San Juan de la Cruz añade que “las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios”. Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Segunda Redacción, Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2003, CB, XXVIII, 3+. La doctrina de la predestinación simple, a la que los católicos estamos sujetos según el Concilio de Trento, enseña que todo acto bueno del ser humano sólo puede realizarse con el auxilio divino. Sin una gracia santificante, “tampoco [el hombre] puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de [Dios]”. Iglesia Católica, Concilio de Trento: Decreto sobre la justificación, 1547, V.

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41.

Aquino, ST, I-II, q. 19, a. 9c.

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42.

Juan Pablo II, Christifideles laici, V, 58.

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43.

Chesterton, Padre Brown: El error en la máquina, p. 308.

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44.

Chesterton, Padre Brown: El secreto de Flambeau, pp. 787 - 788.

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45.

Chesterton, Orthodoxy, p. 60.

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46.

Chesterton desarrolla esta misma paradoja para las otras dos virtudes teologales: la fe y la esperanza. En efecto, sólo puede ejercitarse la virtud de la fe cuando no se tienen pruebas para demostrar algo, y la esperanza sólo puede demostrarse en una situación desesperada. Chesterton, Heretics, pp. 53 - 54.

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47.

Chesterton, Padre Brown: El fantasma de Gideon Wise, p. 606.

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48.

Juan Pablo II, Christifideles laici, V, 58.

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49.

San Juan de la Cruz, en torno a esto, también añade algo importante: “Cuanto más se gozare el alma en otra cosa que en Dios, tanto menos fuertemente se empleará su gozo en Dios; y cuanto más esperare otra cosa, tanto menos espera en Dios”. Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2003, III, 16, n. 2. Las cuatro pasiones del alma: gozo, esperanza, dolor y temor, deben orientarse hacia Dios, de tal manera que sólo en Él encontremos nuestro gozo y esperanza, y sólo alejándolos de Él experimentemos temor y dolor. Cualquier otra configuración de alguna de las pasiones arrastra a las demás, cautivándolas en algo distinto a Dios y convirtiéndose en una prisión para el alma, lejos de la libertad de la contemplación. Ibid., III, 16, nn. 5 - 6.

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50.

Aquino, ST, I-II, q. 19, a. 9c.

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51.

Chesterton, Orthodoxy, p. 151.

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52.

Jn 6, 38-40.

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53.

Chesterton, Orthodoxy, pp. 122 – 125.

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54.

Agustín, Sermón 169, 13.

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55.

San Agustín lo deja claro: “Tolle te, tolle, inquam, te a te, impedis te; si tu te aedificas, ruinam aedificas” Ibid., 11. El hombre, herido por el pecado, es un impedimento para sí mismo, y requiere de la ayuda de Dios.

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56.

Cfr. Francisco P.P., Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate: Sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, Santa Sede, Dicasterio para la Comunicación, 2018, I, 17. En adelante: Francisco, Gaudete et exsultate.

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57.

El latín de este pasaje es exquisito: “Sicut enim maius est illuminare quam lucere solum, ita maius est contemplata aliis tradere quam solum contemplari”. Aquino, ST, II-II, q. 188, a. 6.

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58.

Gregorio P.P. I, Regla pastoral, 590, II, 5. En adelante: Gregorio Magno, Regla Pastoral.

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59.

No quiero que se entienda por esto que considero a los psicólogos o a los mentores como figuras innecesarias. Al contrario, estoy convencido de que ambas figuras son esenciales en la vida. El mentor es capaz de vincularse emocionalmente con su aprendiz gracias a que existe una semejanza entre los dos, una que en muchos casos sería casi imposible de encontrar con una persona inmersa en la vida consagrada (por ejemplo: el fútbol). El psicólogo, por su parte, posee gracias a sus estudios una gran capacidad increíble para guiar a sus pacientes a hábitos de pensamiento y de socialización más saludables, proveyendo herramientas que son la condición de posibilidad para, después, ya con un sacerdote, buscar la santidad. Dicho con sencillez: las tres figuras son necesarias y se encargan de ámbitos distintos.

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60.

Chesterton, Padre Brown: El rápido, p. 821.

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61.

Chesterton, Padre Brown: El error en la máquina, pp. 307 – 322.

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62.

Chesterton, Padre Brown: La resurrección del padre Brown, pp. 435 – 452.

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63.

Chesterton, Padre Brown: El peor crimen del mundo, pp. 727 – 742.

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64.

Chesterton, Padre Brown: La aflicción del Marqués de Marne, p. 780.

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65.

Chesterton, Padre Brown: La condenación de los Darnaway, p. 585.

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66.

Gregorio Magno, Regla Pastoral, II, 5.

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67.

Francisco, Gaudete et exsultate, I, 26.

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68.

El gran sacerdote se une a Cristo mediante “la administración del Sacramento de la Penitencia se muestran enteramente dispuestos, siempre que los fieles lo piden razonablemente”. Iglesia Católica, Concilio Vaticano II: Decreto Presbyterorum Ordinis sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, Roma, 1965, II, 13.

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69.

Chesterton, Padre Brown: La cruz azul, pp. 21 – 40; Chesterton, Padre Brown: Las estrellas errantes, pp. 83 – 96; Chesterton, Padre Brown: El ojo de Apolo, pp. 189 – 204.

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70.

1 Pe 2, 5-9.

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71.

Francisco, Gaudete et exsultate, I, 14

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72.

Iglesia Católica, Concilio Vaticano II: Constitución Dogmática Sobre la Iglesia Lumen Gentium, Roma, 1964, III, 28.

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73.

Iglesia Católica, Concilio Vaticano II: Constitución Pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, Roma, 1965, I, 1, 22.

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74.

Cfr. Juan Pablo II, Christifideles laici, V, 58.

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75.

Aquino, ST, I, q. 19, a. 6, ad 1.

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76.

Juan Crisóstomo, Obras de San Juan Crisóstomo: Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (1-45), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1955, XV, 6.

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77.

El pecado imperdonable contra el Espíritu Santo (Mt. 12, 31 – 32) surge de una oposición directa a la misericordia divina, surgida de una soberbia invencible. La desperatio, praesumptio, obstinatio, y las demás versiones de este pecado son imposibles para quien reconoce su propia debilidad y, con eso, busca el perdón y la misericordia. Aquino, ST, II-II, q. 14.

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78.

Cfr. Chesterton, Padre Brown: La ráfaga del libro, pp. 831 – 846.

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79.

Chesterton, Heretics, ch. 5.

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80.

Iglesia Católica, Catecismo de la Iglesia Católica, Librería Editrice Vaticana, 1992, III, i, 1, a. 1, 1711.

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81.

Ibíd., III, i, 3, a. 2, 2014.

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82.

Chesterton, Orthodoxy, p. 39.

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83.

Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco, 1986, Corazón, 795.

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84.

Chesterton, Padre Brown: El escándalo del padre Brown, p. 807.

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